En el marco del Año Jubilar del místico abulense, el Pontífice recurrió a su máxima más célebre para apelar a la conciencia internacional ante el drama migratorio: «Al atardecer de la vida, seremos juzgados sobre el amor».

La histórica visita apostólica del Papa a España ha dejado una huella imborrable, no solo por el calado de sus mensajes sociales, sino por la profunda sintonía espiritual que mostró con las grandes figuras de nuestra Iglesia. En un momento de altísima carga simbólica y humana, el Santo Padre volvió a fijar su mirada en los santos abulenses (por sexta vez en todo su viaje), al citar de forma explícita a San Juan de la Cruz durante su impactante intervención de ayer en el muelle de Arguineguín (Gran Canaria).
Esta alusión adquiere una relevancia singular para nuestra diócesis, que se encuentra celebrando con gozo el Año Jubilar de San Juan de la Cruz. Una vez más, la palabra imperecedera del doctor de la Iglesia resuena en la voz del Sucesor de Pedro para iluminar las realidades más complejas de nuestro tiempo.
La intemperie y el dolor del Atlántico
La cita no fue casual ni meramente académica. Se produjo en el epicentro de la llamada «Ruta Canaria», sobre el mismo asfalto del muelle que tantas veces sirve de primer refugio para miles de personas que arriesgan su vida en el mar. En un escenario sobrio, rodeado por cooperantes, autoridades, miembros de los equipos de salvamento y la comunidad eclesial de acogida, el Papa pronunció un discurso de una enorme contundencia pastoral y humana, denunciando la «globalización de la indiferencia» y convirtiendo el puerto grancanario en un altar de dignidad y memoria por las víctimas del mar.
¿Qué dijo de San Juan de la Cruz?
Fue hacia el tramo final de su alocución, tras saludar a varios migrantes y escuchar sus testimonios de dolor y esperanza, cuando el Pontífice elevó el tono de su reflexión teológica y moral. Mirando a los ojos de los asistentes, el Papa recordó que el compromiso con el sufriente no es opcional, apelando directamente al místico del Carmelo con estas palabras literales:
Que el Dios que “en el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor” (cf. S. Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57) nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera.
Con esta frase exacta, el Santo Padre subrayó que el examen definitivo de nuestra existencia y de nuestras sociedades no se basará en las riquezas ni en los discursos políticos, sino en la capacidad concreta de abrir el corazón y las fronteras al hermano vulnerable.
Un clamor por la acogida
El encuentro en Arguineguín fue, sin duda, uno de los momentos más sobrecogedores y seguidos de todo el viaje pontificio. El acto comenzó con un respetuoso y denso silencio en memoria de los fallecidos en el océano, roto solo por el rumor de las olas. Posteriormente, el Papa escuchó con visible emoción el relato de dos jóvenes subsaharianos que lograron sobrevivir a la travesía náutica, a quienes abrazó en un gesto que ya forma parte de la iconografía de este pontificado.
En su posterior alocución, además de la referencia sanjuanista, el Santo Padre agradeció con vehemencia la «ejemplaridad, ternura y valentía» del pueblo canario, de sus parroquias y de las organizaciones voluntarias que trabajan en primera línea de playa. El acto concluyó con una oración comunitaria por la paz y una bendición especial al mar, dejando tras de sí un mandato claro de justicia y caridad que conecta de forma directa con el corazón espiritual de nuestro Año Jubilar.