
El papa León XIV protagonizó este lunes uno de los momentos más significativos de su visita a España al dirigirse a las Cortes Generales en sesión conjunta, siendo el primer pontífice en tomar la palabra en el Palacio del Congreso de los Diputados desde el restablecimiento de la democracia. Diputados, senadores y representantes de las principales instituciones del Estado escucharon al Santo Padre en un acto sin precedentes en la España democrática. Los escaños del hemiciclo estaban completamente llenos, y la intervención se desarrolló en un clima de atención y respeto absolutos. Al concluir el discurso, el Congreso rompió en una prolongada ovación que se extendió durante más de siete minutos.
La «hondura espiritual» de Santa Teresa
Por cuarta vez en lo que va de viaje apostólico, León XIV ha citado a los grandes santos de Ávila en su discurso. Hoy, concretamente de nuevo, a Santa Teresa, de la que destacaba su «hondura espiritual» como clave para entender la contribución de los españoles a mirar al hombre como algo más que una pieza del sistema.
Estas eran sus palabras exactas:
«Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa».
La dignidad humana, hilo conductor
El punto de partida del discurso fue una afirmación rotunda: toda sociedad auténticamente justa se construye sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a cualquier concesión del Estado y no puede subordinarse a consensos sociales cambiantes ni a la voluntad de las mayorías del momento. Pertenece a todo ser humano por el simple hecho de existir, y por ello debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo.
La vida, desde la concepción hasta la muerte natural
Con especial firmeza, el Papa advirtió sobre lo que denominó, recogiendo la expresión tantas veces empleada por su predecesor Francisco, la «cultura del descarte». Afirmó que si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, no hay futuro posible para nuestras sociedades, y se preguntó si puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en las sombras al niño no nacido, al anciano, al enfermo, a quienes sufren en silencio o dependen enteramente del cuidado ajeno. Sin mencionar expresamente el aborto ni la eutanasia, el mensaje no dejaba duda alguna de que se refería a estas cuestiones que han sido debatidas en el propio Congreso (la segunda ya aprobada, y la primera, en tramitación). Pero las palabras del Papa fueron contundentes: toda vida humana debe ser reconocida y salvaguardada desde la concepción hasta la muerte natural, en cualquier circunstancia de su existencia. León XIV subrayó que la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar las vidas más frágiles.
La familia, primera escuela de humanidad
León XIV dedicó una parte sustancial de su alocución a la familia. La definió como la realidad humana primaria y el fundamento natural de la comunidad, el hogar donde las generaciones se entrelazan y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. En ese mismo contexto, defendió con claridad el derecho primario e inalienable de los padres a elegir el tipo de educación y formación que reciben sus hijos, de acuerdo con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas, un derecho que los centros educativos deben respetar como aliados, no suplantar.
Migración: más allá de la gestión de flujos
El Pontífice no eludió la cuestión migratoria. Subrayó que la situación de migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, aborde las causas que les fuerzan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. Desde esa perspectiva, reclamó una doble exigencia de justicia social: ofrecer canales seguros y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración, pero también promover el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie se vea obligado a abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones de vida dignas.
La paz, exigencia moral y aspiración política
León XIV afirmó que la paz se presenta como una verdadera exigencia moral, que no se puede construir con armas sino con justicia, diálogo paciente y respeto al derecho internacional. En ese marco, mostró su preocupación por la tendencia al rearme que vuelve a extenderse en Europa y en distintas partes del mundo, y reclamó valentía diplomática y responsabilidad ética para resolver los conflictos por vías pacíficas.
Una sociedad polarizada: custodiar la palabra
El Papa habló con franqueza de la polarización que atraviesa a las sociedades actuales. Pidió a los representantes públicos que cuiden el lenguaje, recordando que quienes ejercen responsabilidad pública tienen la obligación especial de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje». La firmeza, insistió, no requiere el desprecio; el desacuerdo no implica la humillación del adversario. La pluralidad política no debe degenerar en descalificación permanente, sino ordenarse hacia el reconocimiento de las necesidades y capacidades de todos.
El respeto a la dimensión religiosa
León XIV abogó por el respeto a la libertad de conciencia y de religión como derecho fundamental que protege la esfera más íntima de las personas. Recordó que el Estado democrático auténtico reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la protege jurídicamente, sin confundir el plano jurídico con el moral, pero sin relegar tampoco la fe al silencio como si fuera irrelevante para la vida pública.
Las leyes al servicio del bien común
El Papa advirtió que la voluntad de la mayoría debe custodiar aquellos bienes que pertenecen a todos y respetar aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar. El derecho no es grande por el mero hecho de ser aprobado, sino en la medida en que sirve a la verdad del hombre y al bien común. En ese sentido, invitó a los legisladores a no olvidar que también los pobres y los extranjeros forman parte de la sociedad, y que las leyes deben protegerlos y hacerlos sentir acogidos.
Personas de carne y hueso
Con una llamada directa a los representantes públicos, el Pontífice les invitó a alzar la mirada, no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. La tarea del político no es abstracta: se ejerce sobre vidas concretas, y esa conciencia es la que debe inspirar la necesaria renovación moral de la vida pública.
La herencia de la Escuela de Salamanca
El discurso reservó un momento de singular profundidad al evocar la tradición española. León XIV recordó la aportación de la Escuela de Salamanca —y en particular de fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— a la formación de una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese legado nacido a orillas del Tormes, afirmó, sigue vivo en estas Cortes cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo y que lo legal sea verdaderamente humano.
Un deseo para España
Citando al Apóstol Santiago y a la Virgen del Pilar, el Papa cerró su intervención con un deseo para el país: que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza, y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio. Añadió que España, con toda su riqueza histórica, cultural y espiritual, puede ofrecer mucho en el camino de esa renovación moral que el mundo necesita.