
La Catedral de Ávila ha acogido en la mañana de este Miércoles Santo la solemne Misa Crismal, presidida por el obispo de Ávila, Mons. Jesús Rico García, en una celebración que ha reunido a más de un centenar de sacerdotes procedentes de toda la diócesis, así como a un numeroso grupo de fieles que han querido acompañar a sus presbíteros en este día especialmente significativo. Junto a Mons. Rico concelebraron el arzobispo emérito de Valladolid, Cardenal Ricardo Blázquez, y el obispo emérito de Ávila, Mons. Jesús García Burillo.
Durante la celebración, se han bendecido y consagrado los sagrados óleos, que serán utilizados a lo largo de todo el año en los distintos sacramentos, y los sacerdotes han renovado sus promesas sacerdotales junto a su obispo, en un gesto de comunión y fidelidad.
El sacerdocio, don para el pueblo de Dios
En su homilía, el obispo subrayó el profundo significado del sacerdocio, recordando que se trata ante todo de un don para el pueblo de Dios: “Ser sacerdotes, una gracia muy grande que no es en primer lugar una gracia para nosotros, sino para la gente y para nuestro pueblo. Es un gran don”.
Mons. Rico García puso el acento en el núcleo de la vocación sacerdotal, centrado en la relación personal con Cristo: “El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo”, afirmando que esta amistad se cultiva especialmente en la oración y en la vida interior. En este sentido, advirtió del peligro de una vida sacerdotal superficial: “Sin vida interior, hermanos, no hay eficacia pastoral” y añadió que “nada sería más peligroso que acostumbrarse a las cosas de Dios sin vivir de Dios”.
El prelado insistió también en la necesidad de la fidelidad, recordando que esta se fundamenta en la fidelidad misma de Dios: “Nuestra fidelidad antes de nada es la fidelidad de Dios en nosotros. Él permanece fiel aunque nosotros seamos infieles”.
Los óleos, signo de unidad y misericordia
En referencia al significado de los óleos que se consagran en esta celebración, explicó que son signo de la unidad de la Iglesia y de la acción de Cristo: “El óleo, en sus diversas formas, nos acompaña durante toda la vida”, destacando además su vínculo con la misericordia divina: “En varios sacramentos el óleo consagrado es siempre signo de la misericordia de Dios”.
Por ello, recordó a los sacerdotes su misión de transmitir esa misericordia: “Somos ungidos para ungir al pueblo fiel de Dios”, llamados a hacer presente la bondad y la ternura de Dios en medio del mundo.
Asimismo, animó a vivir la fraternidad sacerdotal y a superar el individualismo, señalando que este vínculo es un don que nace de la ordenación: “Hemos de superar la tentación del individualismo, que mal se compagina con la acción misionera y evangelizadora”.
Renovación de las promesas sacerdotales
Tras la homilía, tuvo lugar la consagración de los sagrados óleos y continuó la celebración eucarística. Durante la misma, los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales junto al obispo, manifestando nuevamente su deseo de unirse más estrechamente a Cristo, ser sus fieles ministros, conducir a los fieles hacia Él y renovar su consagración y entrega al servicio de la Iglesia.
La celebración concluyó con unas palabras del obispo dirigidas especialmente a los fieles presentes, a quienes recordó con cercanía y realismo el valor del ministerio sacerdotal: los sacerdotes —vino a señalar— no son perfectos, pero sí son buenos, e invitó a los presentes a sostenerlos con su cercanía y oración.







