La Santa Iglesia Catedral de Ávila acogió en la noche del Sábado Santo la solemne celebración de la Vigilia Pascual, culmen del Triduo Pascual y corazón de la fe cristiana. A las once menos cuarto de la noche, el sonido del cimbalillo anunció la gran noticia: Cristo ha resucitado. Dentro del templo, el canto del aleluya rompía el silencio de los días previos, proclamando la alegría en Cristo resucitado.
La celebración comenzó en el claustro, en un ambiente de silencio y oscuridad, con la bendición del fuego. Allí, el obispo de Ávila, Mons. Jesús Rico García, prendió el cirio pascual, signo de Cristo, luz del mundo. A continuación, se inició la procesión hacia el interior del templo, todavía en penumbra, donde la simbología de la luz y las tinieblas marcó toda la celebración. Una vez colocado el cirio en su lugar, la luz inundó la catedral, evocando que Cristo viene a iluminar todas las tinieblas.
Tras la liturgia de la Palabra y el repique gozoso de las campanas, que anunciaban la Resurrección del Señor, dio comienzo la homilía del obispo, centrada en el núcleo de la fe cristiana: la victoria de Cristo sobre la muerte.
Mons. Rico García subrayó que “la resurrección de Cristo no es una ilusión para apaciguar a personas desesperadas o calmar corazones inquietos”, sino “la irrupción definitiva de Dios en la historia”. Recordó cómo el anuncio pascual culmina la historia de la salvación, desde la creación hasta la liberación del pueblo de Israel, y cómo en Cristo se cumple plenamente la promesa de Dios.
El obispo evocó también la escena evangélica del sepulcro vacío, cuando las mujeres acuden al amanecer pensando encontrar el cuerpo de Jesús y descubren, con asombro, que la piedra ha sido removida. “No hay que buscar a Jesús en el seno del sepulcro, sino en la vida”, afirmó, invitando a los fieles a reconocer la presencia del Resucitado en lo cotidiano.
En su reflexión, insistió en que el anuncio pascual interpela profundamente la fe: “Cristo vive, Cristo ha resucitado”. Por ello, animó a abrir el corazón y a dejarse transformar por esta verdad, que sitúa al creyente ante el misterio de la muerte y de la vida nueva.
La homilía tuvo también un tono de oración y súplica, pidiendo al Señor que “demuestre también hoy que el amor es más fuerte que el odio” y que acompañe a la humanidad en sus noches oscuras, sacando a la luz a quienes viven en la desesperanza.
Asimismo, el prelado llamó a los fieles a vencer el miedo y a convertirse en testigos del Resucitado, siguiendo el ejemplo de las mujeres que anunciaron la buena noticia. En este contexto, destacó el significado especial de los catecúmenos que, en esta noche santa, recibirían los sacramentos de la iniciación cristiana, recordando que el bautismo “hace pasar de la muerte del pecado a la vida”.
Tras la homilía, uno de los momentos más significativos de la celebración fue la liturgia bautismal. Los fieles, con sus velas encendidas, peregrinaron hasta el baptisterio de la catedral, donde se encuentra la pila bautismal tallada por Vasco de la Zarza. Allí, dos adultos, Giuseppe y Dayana, recibieron los sacramentos de la iniciación cristiana: fueron bautizados, confirmados por el propio obispo y participaron por primera vez en la Eucaristía, incorporándose plenamente a la Iglesia.
La Vigilia Pascual concluyó en un clima de profunda alegría y esperanza. La celebración de la Resurrección del Señor recuerda a los cristianos que la muerte no tiene la última palabra y que, en Cristo, la luz vence definitivamente a las tinieblas. Una certeza que impulsa a vivir y anunciar, con gozo renovado, que Él vive y sigue presente en medio de su pueblo.
































