“Nadie puede arrancarnos la fe; estamos preparados para morir por Cristo”

Padre Naim Shoshandy, sacerdote católico irakí

El testimonio del padre Naim Shoshandy no deja indiferente. Habla con serenidad, pero cada palabra nace de una experiencia marcada por el dolor, la persecución y una fe probada hasta el extremo. Nacido en las cercanías de Mosul, en Irak, este joven sacerdote católico ha conocido en primera persona lo que significa ser perseguido por el mero hecho de confesar a Jesucristo. En estos días ha visitado Ávila para presentar el informe sobre libertad religiosa de la fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada, una realidad que, como él mismo recuerda, “no es una historia del pasado, sino una herida abierta en el presente”. 

“Para vivir como cristiano hay que estar preparado para el martirio”

El padre Naim nació en una familia católica practicante, el menor de cinco hermanos. La fe no era solo una tradición cultural, sino el corazón mismo del hogar. “La familia transmite la fe desde pequeños, la llevamos dentro”, explica. Pero en su tierra esa fe tiene un precio.

Su hermano fue asesinado por ser cristiano. Su padre murió tras una enfermedad. Y él mismo tuvo que huir bajo amenaza de muerte. “En estas tierras no es fácil vivir como cristiano. Tienes que estar preparado para ser mártir”, afirma sin dramatismo, pero con una convicción que conmueve.

Ordenado sacerdote poco antes de la irrupción del autodenominado Estado Islámico (Daesh), ejercía su ministerio en su ciudad cuando, el 6 de agosto de 2014, todo cambió. Los terroristas entraron y dieron a los cristianos tres opciones: convertirse al islam, pagar un impuesto islámico o abandonar la ciudad inmediatamente bajo amenaza de muerte.

“Salimos con lo puesto. Dejamos casas, iglesias, toda una vida atrás porque no queríamos abandonar nuestra fe en Jesús”, recuerda. Miles de personas emprendieron el éxodo hacia el Kurdistán iraquí. Durante casi tres años vivieron en un campo de refugiados en Erbil.

La noche del horror y la fuerza del Rosario

Cuando evoca aquella noche, su voz se quiebra. “Es muy difícil para mí recordar la salida… el horror que vivimos”, confiesa emocionado. Sin embargo, incluso en ese momento límite, asegura que no se sintieron solos: “Sabíamos que el Señor y la Virgen María nos acompañaban”.

En el campo de refugiados, recién ordenado sacerdote, asumió la misión de sostener espiritualmente a su pueblo. Celebraba la Misa al aire libre, administraba los sacramentos en condiciones precarias y cada noche reunía a niños y familias para rezar el Rosario.

“La oración era nuestra arma”, subraya. “Con María estábamos más cerca de Jesús. Eso nos daba esperanza, nos unía, nos mantenía firmes”. A pesar del desarraigo y la pobreza, la fe no se debilitó. “Los cristianos de Irak tenemos una fe muy fuerte. Nadie deja su fe para convertirse. Todos estamos preparados para morir por Cristo”.

Reconstruir desde las ruinas

Tras la expulsión del Estado Islámico en 2017, comenzó el lento regreso. Casas, iglesias y escuelas habían sido destruidas. Localidades como Qaraqosh —centro del cristianismo en Irak— quedaron devastadas. La reconstrucción fue posible, en gran medida, gracias a la ayuda internacional y, de manera especial, a la acción de Ayuda a la Iglesia Necesitada.

“La ayuda llegó como un milagro para salvar el cristianismo en estas zonas”, asegura con gratitud. “El gobierno no nos ayudó. Fueron los cristianos de otros países quienes nos tendieron la mano”.

Aunque muchas familias han emigrado buscando un futuro seguro para sus hijos, una parte significativa de la comunidad permanece en el norte del país y en la llanura de Nínive. La situación sigue siendo compleja, con tensiones y presencia de milicias que amenazan la estabilidad. Aun así, la esperanza no se apaga.

“Dios nunca está lejos del que sufre”

Al preguntarle qué se siente cuando uno es perseguido físicamente por su fe, el padre Naim no responde desde el resentimiento, sino desde una profunda experiencia espiritual.

“Yo me siento elegido para dar este testimonio”, afirma. “Dios nunca está lejos de la persona que sufre. Él está siempre con nosotros”.

Habla del asesinato de su hermano, de la muerte de su padre, de la huida forzada… y, sin embargo, no hay en sus palabras rastro de odio. Solo la certeza de que cada dolor ha sido también una ocasión para experimentar la cercanía de Dios.

“La fe es un don, un regalo. Como la vida. Hay que aprovecharlo, vivirlo, disfrutarlo en cada momento. Lo más importante es que el cristiano sienta que no está solo”.

Un mensaje a Occidente: “No tengáis miedo”

Desde la experiencia de la persecución, el sacerdote iraquí lanza un mensaje claro a los cristianos de Occidente, donde —a su juicio— la fe corre el riesgo de adormecerse.

“No tengáis miedo”, repite, evocando las palabras de Cristo y de Juan Pablo II. “Abrid vuestro corazón al Señor. No tengáis vergüenza de vivir vuestra fe”.

Anima a transmitirla a los hijos, a hablar de Jesús con naturalidad, a asumir la misión evangelizadora propia de todo bautizado. “Somos discípulos de Jesús en el siglo XXI. Tenemos que anunciar el Evangelio con alegría, con amor y con humildad”.

El padre Naim Shoshandy habla con la autoridad de quien ha perdido todo menos la fe. Su testimonio no es una teoría, sino una vida marcada por la cruz y sostenida por la esperanza. Escucharle es comprender que la libertad religiosa no es un concepto abstracto, sino una realidad por la que hoy, en pleno siglo XXI, muchos siguen pagando un precio muy alto.