«Alzad la mirada»: lo que León XIV vino a decirnos

Crónica del Viaje Apostólico a España · 6-12 de junio de 2026
J.J. Guillén/EFE

Había una frase que lo precedía todo. Antes de que el Papa pisara suelo español, ya flotaba en el ambiente el lema elegido para el viaje: Alzad la mirada. No era un eslogan de campaña. Era, como se fue comprobando jornada a jornada, un programa, casi un diagnóstico. León XIV vino a España a decirle a este país —y a través de él, a Europa— que hay una salida, pero que exige levantar los ojos de lo inmediato.

DESCARGA AQUÍ EL DOCUMENTO CON TODOS LOS DISCURSOS DEL PAPA LEÓN XIV EN ESPAÑA

Un Papa que conoce bien España

El recibimiento en el Palacio Real marcó el tono desde el primer momento. El rey Felipe VI le dio la bienvenida «en una lengua que es también la vuestra», recordando sus raíces. Y el Papa correspondió con un discurso ante las autoridades y el cuerpo diplomático que no fue de cortesía sino de sustancia: vino a «confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación.»

Desde ese primer acto quedó clara la apuesta de León XIV: no la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro. Y lo dijo con toda la carga que tiene decirlo hoy, cuando las polarizaciones parecen el único lenguaje disponible: «la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir.» Frente a eso, pidió optar «por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos.»

No es casualidad que en ese primer discurso ya aparecieran Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz. El Papa los describió con una expresión que merece detenerse: los suyos son místicos «con los ojos abiertos, es decir, no ajena a la historia, sino que, por el contrario, lleva a la raíz de las cuestiones, al corazón de la realidad.» Es su propia propuesta para la Iglesia y para el mundo. No una espiritualidad de evasión, sino una fe que mira de frente.

J.J. Guillén/EFE

La caridad no admite demoras

La primera tarde en Madrid no fue en el Vaticano Español ni en una catedral. Fue en el CEDIA, un centro de Cáritas para personas en situación de sinhogarismo, en el barrio. Allí el Papa glosó el lema del viaje con una imagen agrícola: «la caridad no admite demoras. Si no se cosecha cuando el trigo está maduro, la cosecha se pierde, y esta es nuestra responsabilidad ante quienes están necesitados.»

Escuchó testimonios que eran historias de fractura y de reconstrucción —una mujer cubana que dio a luz a gemelos en la incertidumbre, un senegalés que hoy acompaña a otros recién llegados— y les devolvió con gratitud: «os doy las gracias de corazón a todos vosotros por haber compartido experiencias dolorosas, pero sobre todo llenas de luz, que reflejan, como espejos, la caridad de Dios.» El verbo clave fue otro: mirar. Mirar a los que sufren a los ojos. No gestionar. Encontrarse.

J.J. Guillén/EFE

«¡Sed humanos!»

La vigilia con los jóvenes en la Plaza de Lima —más de medio millón de personas— fue quizás el acto más vibrante del viaje. León XIV no les habló desde el pedestal del maestro. Respondió a sus preguntas: sobre el discernimiento, sobre el miedo, sobre la fe y su transmisión. Y en el bloque final les dejó una misión que sonó deliberadamente sencilla, casi desconcertante en su brevedad: «La misión que os confío es precisamente ésta: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables.»

Antes les había dado tres herramientas para escuchar la voz de Dios: el silencio, la confianza y la humildad. «En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece.» Y a los que sienten el peso de acompañar a otros en la fe: «Si ardéis en la fe, transmitiréis su fuego vivo.»

J.J. Guillén/EFE

El Corpus en Cibeles: la fe no es un museo

El acto central del viaje fue la misa del Corpus Christi, con millón y medio de personas en las calles de Madrid. El Papa aprovechó la procesión —el Santísimo avanzando por la calle Alcalá, entre alfombras de treinta mil claveles— para lanzar una advertencia y un programa a la vez.

La advertencia: la religiosidad popular no puede ser «una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético.» El programa: que «la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy.» Y la procesión misma como símbolo: no se trata de sacar la custodia, sino de «dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada.»

Historia en el Congreso: la dignidad no se vota

Por primera vez en la historia, un Papa se dirigió a las Cortes Generales. El discurso fue denso, valiente y, en algunos momentos, incómodo. León XIV puso sobre la mesa la dignidad humana como cimiento que ninguna ley puede otorgar ni retirar: precede «a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento.» Habló de los no nacidos, de los ancianos, de los enfermos. Habló de la familia como «primera escuela de humanidad.» Habló de los migrantes, de la libertad religiosa y del peligro del rearme.

Citó a Cervantes, a Santa Teresa, a la Escuela de Salamanca. Y cerró con un llamamiento directo a los legisladores: «Alzad, pues la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír.» Al salir, rompió el protocolo y se acercó a saludar a la gente en la calle.

Ballesteros/EFE

A los obispos: sinodalidad y heridas

En la Conferencia Episcopal, el Papa habló sin eufemismos de los abusos: la Iglesia está llamada a responder «con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado.» Y animó a los obispos a no apoyarse en seguridades humanas, a ser dóciles al Espíritu, a reconocer y promover la corresponsabilidad laical. «Es el Señor quien nos conduce, Él es el dueño de la historia.»

J.J. Guillén/EFE

Barcelona y Montserrat: la noche, las raíces y la piedra que llega al cielo

La etapa catalana comenzó con una imagen que lo decía todo: el Papa rezando en catalán y en castellano ante el sepulcro de santa Eulalia, en la catedral de Barcelona, nada más aterrizar. Sin actos de masas, sin escenografía. Recogimiento primero, multitud después. Y en ese orden se desplegaron también sus mensajes.

Desde la catedral, León XIV animó a Barcelona a ser «profetas de unidad y acogida, de concordia y de paz, aún a costa de sacrificios y renuncias», y señaló su vocación específica: una ciudad llamada a ser «Cap i Casal de Catalunya» tiene «una responsabilidad especial de convertiros, con la ayuda de Dios, en constructores de unidad.» Una armonía, añadió, que luche activamente contra la polarización.

La vigilia del estadio olímpico de Montjuïc fue el momento más hondo en el plano personal de todo el viaje. La herencia de Gaudí estuvo presente —un vídeo, una conversación con una descendiente del arquitecto, la aparición final de la Escolanía de Montserrat—, pero lo que quedará en la memoria son tres testimonios que pusieron al Papa ante el dolor sin anestesia. Un joven recién bautizado en la Pascua. Una chica que habló de la depresión como de «una oscuridad, aislamiento y un dolor inmensurable» en el que «la idea de desaparecer parece la única salida.» Y una joven cuyo padre intentó matar a su madre, que acabó en el mundo de las drogas, y que a los diez años fue llevada a un centro de menores. Su pregunta: cómo perdonar a su padre.

Pep Daude

León XIV respondió a cada una sin rodeos ni consuelos fáciles. A la joven que habló de la oscuridad de la depresión le dijo que «algunos modelos culturales nos quieren siempre vencedores y perfectos» y que el límite, la fragilidad y el dolor deben ser eliminados según esa lógica. Se refirió al sufrimiento de Jesús en Getsemaní —»¡Dios no nos abandona!»— y advirtió al mismo tiempo del riesgo de «reconducir superficialmente la voluntad de Dios, con el riesgo de minimizar» ese tipo de sufrimiento. Al terminar de hablar, le dio un gran abrazo.

Sobre el perdón —una pregunta que reaparecería a lo largo de todo el viaje, en diferentes bocas y ciudades— fue preciso y humilde a la vez: «el perdón es una poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores», pero no es un acto instantáneo ni una negación del daño recibido. «Es un camino largo, es un proceso que requiere mucha paciencia (…) en el perdón se avanza en pequeños pasos.»

El hilo conductor de toda la noche fue el personaje evangélico de Nicodemo, que va de noche a ver a Jesús. «También nosotros somos como Nicodemo, peregrinos en la noche», dijo el Papa, e invitó a no abrumarse con las noches propias, ni juzgar «las de la Iglesia, ni las de la sociedad que nos rodea.» La actitud debe ser siempre la de Nicodemo: «seguir interpelando al Señor, abrirnos al viento del Espíritu.»

La mañana siguiente fue la visita a la cárcel de Brians 1, donde el Papa se sentó con setenta personas privadas de libertad y escuchó sus historias. «Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona», les dijo, y les dejó una frase que sonó a evangelio puro: «¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor!»

El papa León XIV a su llegada este miércoles a la prisión de Brians 1, en Sant Esteve Sesrovires (Barcelona), para reunirse con 80 reclusos de varios centros, hombres y mujeres, antes de desplazarse a la Abadía de Montserrat. EFE/Alejandro García

En Montserrat, ante la Moreneta y en el marco del milenario del monasterio, el tono fue más contemplativo. El Papa invitó a depositar «las corazas que han endurecido poco a poco el corazón» y rezó en catalán ante miles de fieles reunidos en el exterior, desde el balcón de la Plaza de Santa María. Después comió con la comunidad benedictina.

Y luego llegó la Sagrada Familia.

La iglesia más alta del mundo y la catequesis de piedra

Cien años después de que Barcelona despidiera a Antoni Gaudí, su obra cumbre alcanzó por fin el cielo en plenitud constructiva. León XIV presidió la misa solemne que sirvió para bendecir e inaugurar de forma oficial la Torre de Jesucristo, el gran cimborrio central de 172,5 metros que convierte al templo expiatorio en la iglesia más alta del mundo.

Antes de entrar, vivió uno de los momentos más emotivos de la tarde: Valentina, una niña de 13 años con discapacidad visual, le explicó la Torre mediante el tacto y una maqueta tridimensional accesible. Un gesto impulsado por la ONCE que habló más alto que cualquier discurso sobre inclusión.

El Papa bajó a la cripta para rezar ante el Santísimo y ante la tumba de Gaudí —declarado venerable por el Papa Francisco en abril de 2025—, y luego presidió la Eucaristía ante unas cuatro mil personas en el interior del templo, mientras miles de peregrinos seguían la retransmisión en la calle de la Marina.

La homilía estuvo a la altura del espacio. León XIV agradeció a «todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz.» Vio en la Sagrada Familia la continuación de la antigua Biblia pauperum —la Biblia de los pobres— que las catedrales medievales ofrecían a quienes no sabían leer: «En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización.»

Describió a Gaudí como «un arquitecto ardiente de fe» que concibió esos espacios «con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor», proponiendo así «una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros.» Y terminó con un desafío para la Iglesia que peregrina en Cataluña: que la Sagrada Familia sea la iglesia más alta del mundo «no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios (…) con la cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida en la espera del regreso del Esposo.»

Kike Rincón/EUROPA PRESS

Tras la misa, la bendición de la Torre de Jesucristo en el exterior se convirtió en un acontecimiento de luz: un espectáculo tecnológico de proyecciones acompañado por la Escolanía de Montserrat envolvió la torre y dibujó sobre el firmamento de Barcelona un poema luminoso que unió simbólicamente el mar y la montaña, la ciudad y el cielo.

Canarias: el mar como espejo de conciencia

El tramo final del viaje fue, sin duda, el más incómodo y el más profético. León XIV eligió acabar en Canarias, en los muelles donde llegan los cayucos, en los centros donde se acoge a quienes sobrevivieron al Atlántico. No como colofón amable, sino como examen de conciencia para Europa entera.

En el puerto de Arguineguín, uno de los principales puntos de llegada de la Ruta Atlántica —una de las más peligrosas del mundo—, el Papa se acercó al filo del muelle para realizar una ofrenda floral en recuerdo de quienes perdieron la vida en el mar. Bendijo una cruz hecha con madera de embarcaciones naufragadas y una imagen de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros. Y luego habló.

El papa León XIV recibe flores de dos voluntarios para protagonizar una ofrenda floral en el mar en recuerdo de los migrantes muertos en la travesía durante el encuentro con más de un millar de inmigrantes de África, América Latina y con representantes de las principales instituciones y organizaciones sociales que trabajan en los servicios de rescate, acogida e integración en el muelle de Arguineguín, en la isla de Gran Canaria, este jueves, en el sexto día de su viaje a España. EFE/ Angel Medina G. POOL

Lo hizo escuchando antes. Tito, capitán de Salvamento Marítimo, le contó que durante estos años, junto a su equipo, «han rescatado a más de 20.000 personas. Es una cifra que duele y que no se olvida.» Una voluntaria de Cáritas describió cómo los gestos pequeños —»unas zapatillas, un abrigo, un café»— podían transmitir esperanza «incluso sin compartir el idioma.» Y Blessing, una mujer nigeriana víctima de trata, relató cómo a los 22 años tomó «la decisión más difícil de mi vida: dejar Nigeria», cómo la mafia le exigió 25.000 euros de deuda al llegar a Europa, cómo le quitaron a su bebé para obligarla a prostituirse. Con la ayuda de la Iglesia, decía, «la vida ha empezado a cambiar. Poco a poco.»

León XIV respondió directamente a Blessing con una ternura y una claridad que difícilmente se olvidan: «Tu nombre significa bendición, y nos recuerda que cada vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla.» Y más adelante: «Si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable (…) Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti (…) Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte.»

Al conjunto del acto le dio una dimensión que iba mucho más allá de la compasión. Planteó la pregunta en su forma más desnuda: «¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?» Y listó las exigencias concretas: vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos de acogida e integración, «y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra.» Porque existe, dijo, un derecho a buscar refugio, pero también «el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución.»

El reproche a Europa fue explícito: el continente «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas.» Y la Iglesia no quedó exenta: «La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios.»

Cerró con una cita de San Juan de la Cruz —»en el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor»— y con una afirmación que resumió toda la etapa canaria: «La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera.»

Las Raíces y La Laguna: el segundo naufragio

En Tenerife, el Papa visitó primero el Dispositivo de Acogida Humanitaria de Emergencia ‘Las Raíces’, un centro que desde 2021 ha acogido a más de 54.000 personas. Habló en francés —la lengua materna de muchos de los presentes— y arrancó evocando al Papa Francisco, «que tanto anheló estar con ustedes», y su imagen favorita de las raíces: «el que confía en el Señor es como un árbol plantado al borde de las aguas, que echa sus raíces en la corriente.» Theodor le agradeció «recordar al mundo que todos somos personas.» Bousso le recordó que los migrantes vienen «de países donde la pobreza, la violencia, la guerra, la persecución y la falta de oportunidades nos obligaron a partir. Nadie abandona su tierra, su familia y sus raíces por voluntad propia.»

Después, en la Plaza del Cristo de La Laguna, León XIV presidió un encuentro con grupos eclesiales y entidades comprometidas con la acogida. Y allí pronunció una de las frases más memorables de todo el viaje: «las barreras más difíciles de derribar no siempre son de piedra. A veces están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia.» Por eso, dijo, «necesitamos aprender el lenguaje de la cercanía, ese que se comprende más con las manos que con las palabras.»

Escuchó a Darwin, sacerdote venezolano destinado en El Hierro, que confesó haber tenido momentos en que quiso quedarse en la comodidad: «pensaba: ¿Qué haría nuestro Señor? Y renovaba el servicio.» A Mbacke, de Senegal, que recitó al Papa una poesía sobre los migrantes y agradeció haber encontrado en la Fundación El Buen Samaritano «respeto, paciencia y gente que me dijo: tú vales, tú puedes.» Y a Khalid, de Marruecos, que contó su travesía en patera y la ayuda recibida de la Fundación Don Bosco.

Eloísa Pérez/ACFI/EUROPA PRESS

El Papa, que había denunciado con dureza en Arguineguín a quienes trafican con personas, volvió a hacerlo aquí con una claridad sin precedentes: «desde esta plaza quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio.» Y les advirtió: «el dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro (…) Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo.»

Pero quiso ir más allá de la primera acogida. Hay, señaló, un naufragio que no sale en las estadísticas: «quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad. Integrar es impedir ese segundo naufragio.» Y propuso una visión de la integración que no es unidireccional: «quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro.»

La despedida con el Atlántico de fondo

La última misa del viaje se celebró en la dársena del puerto de Santa Cruz de Tenerife, con el Atlántico como telón de fondo. Junto al altar, en silencio, tres cayucos. Su presencia lo decía todo.

Peregrinos llegados de La Palma, La Gomera, El Hierro y Tenerife —algunos ataviados con la ropa tradicional de sus islas— arroparon al Papa en su llegada. El altar estaba presidido por el Cristo de La Laguna y la Virgen de Candelaria, patrona de las islas, devociones que rara vez se exhiben juntas.

León XIV dirigió en la homilía una palabra de gratitud a quienes habitan y trabajan en estas islas —»gracias por lo que son y por lo que hacen, convirtiendo a esta isla en un lugar donde encontrar al corazón de Cristo en el rostro amigo y hospitalario de personas y comunidades fraternas»— y les dejó una pregunta que era también un examen: dado que Tenerife vive del turismo, ¿qué busca en realidad el corazón humano cuando viaja hasta aquí? «Qué importante es, especialmente para quien se deja orientar por el Evangelio, no reducir todo a comercio y beneficio.»

Y cerró el círculo del viaje con una inversión evangélica que resumió su talante desde el primer día: «la gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos.» No la Iglesia que da, sino la Iglesia que recibe. No la fe que protege, sino la fe que se deja interpelar.

Tras la bendición final, el Papa se dirigió al aeropuerto de Tenerife Norte para regresar a Roma. Dejaba atrás siete días, cinco ciudades y un mensaje que tardará en metabolizarse del todo.


El hilo que lo une todo

Siete días, cinco ciudades, decenas de actos. ¿Cuál es el nervio que los recorre? León XIV vino a España con un mensaje que tiene forma de pregunta: qué significa ser verdaderamente humano. Lo preguntó en el Congreso, lo preguntó a los jóvenes, lo preguntó ante los migrantes, lo preguntó a los obispos. Y lo respondió siempre de la misma manera: con la dignidad como punto de partida irrenunciable, con la caridad como respuesta concreta e inmediata, y con la fe —una fe de ojos abiertos, como la de Teresa y Juan— como fuente de ambas.

El Papa no vino a consolar. Vino a interpelar. Y lo hizo con una claridad que, como él mismo pidió desde el primer día, ilumina y abre caminos.