
Contundente y sin miedo. Así ha sido la intervención hoy en Ávila de Mons. Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol y presidente de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana, de la Conferencia Episcopal Española. La jornada comenzó con un encuentro con los sacerdotes diocesanos en el marco de la formación permanente del clero, donde presentó la exhortación pastoral aprobada por la CEE en 2024, “Comunidades acogedoras y misioneras. Identidad y marco de la pastoral con migrantes”. Posteriormente, en el coloquio abierto que se celebró por la tarde en el Obispado (con una sala completamente llena, señal del interés que despierta el tema en la actualidad), profundizó en las claves pastorales del documento y en los desafíos sociales que plantea el fenómeno migratorio.
De una pastoral “para” a una pastoral “con”
El obispo gallego explicó que el nuevo documento supone un paso significativo respecto a etapas anteriores. Si en otros momentos el acento se ponía en hacer cosas “para” los migrantes, ahora la Iglesia propone una pastoral “con” ellos, reconociéndolos como sujetos activos de evangelización.
“El objetivo es pasar del ‘ellos’ al ‘nosotros’”, afirmó, insistiendo en que las parroquias están llamadas a ser verdaderamente espacios de integración, donde las diferencias culturales no generen comunidades paralelas, sino una única comunidad enriquecida por la diversidad.
En este camino, recordó los cuatro verbos que sintetizan la acción pastoral con migrantes: acoger, proteger, promover e integrar. Una acogida que no es un gesto puntual, sino un proceso; una protección que incluye la defensa de derechos y el acompañamiento jurídico; una promoción que favorece el desarrollo integral; y una integración que busca una comunión real y no meramente formal.
Frente a los bulos y los discursos del miedo
Uno de los ejes más relevantes de su intervención fue el análisis de los discursos y prejuicios que circulan en la sociedad respecto a las personas migrantes. Mons. García Cadiñanos reconoció que el debate público está hoy fuertemente polarizado y marcado por mensajes que apelan al miedo o a la confrontación. Ante ello, afirmó con claridad que los cristianos —y de manera particular los pastores— no pueden ser neutrales ante el racismo o ante planteamientos que deshumanizan.
Durante su exposición fue contraponiendo algunos de los argumentos más repetidos en el ámbito social con la respuesta que ofrece la Iglesia.
- Frente a la idea de que las personas migrantes “vienen a imponer su cultura”, el documento episcopal señala que la diversidad cultural es una oportunidad para el diálogo intercultural e interreligioso. No se trata de una amenaza para la identidad, sino de una posibilidad de enriquecimiento mutuo.
- Ante la expresión “primero, los de casa”, recordó que en la Iglesia no hay extranjeros. La caridad cristiana no conoce fronteras y la dignidad de la persona no depende de su nacionalidad. La comunidad cristiana no puede establecer categorías de primera y segunda.
- Respecto al argumento de que “quitan el trabajo” o “saturan los servicios sociales”, subrayó que los datos muestran que las personas migradas sufren mayores índices de desempleo, ocupan con frecuencia empleos precarios y acceden en menor medida a determinadas ayudas. Además, su contribución al sostenimiento económico y demográfico es significativa en una sociedad envejecida.
- También abordó el temor a que “cambien nuestra forma de vivir la fe”. Frente a ello, defendió que la piedad popular y la experiencia religiosa de otras culturas pueden revitalizar comunidades debilitadas. La unidad eclesial no se fundamenta en la uniformidad, sino en la comunión.
Pedagogos de la acogida y sanadores de la mirada
En este contexto, el obispo animó a ejercer una doble misión: ser pedagogos de la acogida y sanadores de la mirada. La acogida, explicó, no es asimilación ni mera cortesía; implica procesos reales de integración y transformación comunitaria. Supone ensanchar la tienda para que todos tengan espacio y asumir que la identidad cristiana no es cerrada, sino dinámica.
Desde la fe, añadió, el encuentro con el extranjero no es solo una cuestión social, sino profundamente evangélica. La tradición bíblica identifica en el forastero una manifestación de la presencia de Dios, lo que sitúa la hospitalidad en el corazón mismo de la experiencia cristiana.
Un reto que marcará el futuro
Mons. García Cadiñanos afirmó que la forma en que la sociedad y la Iglesia afronten el fenómeno migratorio marcará en buena medida el futuro común. Para la comunidad cristiana, no se trata de una opción secundaria, sino de una cuestión de identidad.
“O somos una Iglesia acogedora y misionera, o no seremos”, concluyó, invitando a revisar estructuras, actitudes y modos de actuar para que nuestras comunidades sean verdaderamente signo del Reino y buena noticia en medio de una sociedad plural.






