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Fuera del caso de martirio, que es el supremo acto de amor de un cristiano, cuando la Iglesia examina de manera oficial la santidad de uno de sus miembros en el proceso de canonización, se estudia en primer lugar si ha vivido de manera heroica las virtudes cristianas, comenzando por las virtudes sobrenaturales de la fe, la esperanza y la caridad. A ellas hay que unir las cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Ciertamente las primeras son las más importantes, especialmente la caridad, ya que sin ellas no podemos vivir en cristiano y las demás quedarían sin valor, Si no tenemos amor nada nos sirve (cfr. 1Co 13,1-4). Pero permítanme que recuerde en esta ocasión una virtud que, aunque no es la más importante, sí es imprescindible: me refiero a la humildad, a la sencillez. Sin ella es imposible agradar a Dios y yo añadiría que incluso también a los seres humanos. Todos podríamos convenir en que la persona que va de soberbia por la vida no genera en torno así buena “química” o simpatía y nos cae o caemos mal.

esús mismo señala a sus discípulos: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29). Él ha tomado precisamente este camino para salvarnos (cfr. Flp 2,5-11) Pero la humildad es otra de las virtudes que también necesita una reparación de su significado, porque se nos ha convertido en sinónimo de apocamiento, de pobre condición, de simpleza, de timidez, cuando no de pertenencia al estado de los bobos.

Nada más lejos de la realidad porque, como diría nuestra Santa de Ávila, Teresa de Jesús, la humildad es andar en la verdad, el reconocimiento de nuestra condición de criaturas, con virtudes y con defectos: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsome delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en Verdad” (6M 10,7). “Y así entendí qué cosa es andar un alma en verdad delante de la misma Verdad” (V 40,3).

“Sola la humildad es la que puede algo, y ésta no es adquirida por el entendimiento, sino con una clara verdad, que comprende en un momento (...) lo muy nada que somos y lo muy mucho que es Dios” (CP 32, 13), dirá la Santa.
La humildad nos hace situarnos en el plano exacto: con respecto a Dios, nuestro Creador y Padre, en el de la dependencia amorosa a que nos lleva al agradecimiento por los dones que nos ha dado y a la petición de saberlos aprovechar para su gloria y el bien de los demás.

Con respecto a estos últimos, la humildad o la sencillez nos hace considerarlos nuestros iguales, comprender sus limitaciones que son también las nuestras y a valorar sus virtudes, las cuales no las poseemos nosotros en exclusiva.

Con respecto a nosotros mismo, dejando a un lado los complejos de superioridad o inferioridad, al fin al cabo la misma patología con distintos escalones, la humildad hará posible que podamos mejorar, ya que reconociendo nuestros defectos y faltas o pecados podremos ponerle remedio y pedir perdón a Dios y a los demás; y sabedores de nuestras cualidades les sacaremos el rendimiento adecuado al servicio de los otros.

El peligro es la soberbia, vieja herencia humana, de la que, según se dice de broma no nos desprendemos hasta 24 horas después de muertos, pues hay quien hasta tendría gusto de presumir de entierro.

La soberbia además está en el fondo de todas las rencillas y faltas de convivencia, desde el plano interpersonal y familiar hasta el social: siempre reivindicamos nuestro privilegio y la pretendida razón en nuestros pleitos, argumentando que ya está bien de ceder, que lo hagan los otros, que a su vez y en no pocos casos son de igual parecer. 

Lo que sí es claro es que, como dice el libro bíblico de los Proverbios, “Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes” (3, 34; cfr. Stg 4,14). Igual haríamos nosotros en su caso. Prueben a ganar en sencillez, en humildad, ya verán como sienten más paz interior y con los demás.

Con mi bendición, les deseo una feliz semana.

+ José María Gil Tamayo, Obispo de Ávila

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