Soy consciente de que puede parecer poco oportuno traer esta semana un título como el que encabeza esta carta cuando a todos los niveles el patio público no está para mucha fiesta: crispación a flor de piel, lanzamiento de proclamas y reproches mutuos, separatismos marcando agenda, tópicos y etiquetados gerracivilistas redivivos, populismos efervescentes al uso y licuaciones políticas, mientras: el país fragmentado ideológica y económicamente, los políticos ya de campaña en continuos enfrentamientos verbales con los correspondientes “trincherismos” mediáticos al uso, por no citar otros calvarios más domésticos que afligen más directamente a los ciudadanos... Todo lo contrario de un espacio común para solucionar, con la imprescindible concordia y buen entendimiento, los problemas que a todos nos afectan e interesan. ¡Ojalá caigamos en la cuenta!

Pero la eclosión del Carnaval en estas fechas en nuestros pueblos y ciudades, con toda la trepidación y ruido que suele acompañarlo propicia un paréntesis festivo que ha de llevar consigo también para muchos una necesaria reflexión sobre la mesura y el obligado respeto a los otros y a uno mismo, también en lo que se refiere a los sentimientos religiosos, del que, ciertamente, no puede dispensar a los ciudadanos responsables el anonimato del disfraz ni la mayor y tradicional tolerancia o licencia de estos días.

Para los cristianos esta reflexión ha de incluir además la superación, por contradictoria y falsa, de la tópica consideración de que las realidades espirituales son aburridas cuando no rodeadas –como las viejas cartas de luto- de una mezcla de seriedad y  tristeza, que las inhabilita para toda tarea apostólica, tan urgente hoy en la vida personal, familiar y pública, para devolver a nuestros conciudadanos la esperanza humana y sobrenatural, de la que tan necesitados estamos también para una verdadera construcción y cohesión social.

Por elemental coherencia, los cristianos han de reivindicar la alegría como patrimonio de los verdaderos creyentes, a los que la vivencia de fe no puede privarles del buen humor y mucho menos del gozo de las realidades humanas nobles, entre las que el Papa san Pablo VI citaba “la alegría ensalzadora de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio” (Gaudete in domino, n.12).

Toda una gozosa letanía de facetas de la vida humana que el creyente podrá purificarlas, completarlas y sublimarlas con la fe en la resurrección de Cristo, a la que somos llamados como suprema felicidad, pero nunca puede excluirlas de su itinerario terreno si quiere ser verdaderamente cristiano.

El Papa Francisco ha hecho de la alegría la divisa de su pontificado: la incluye en todos sus documentos magisteriales, empezando por la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, verdadera hoja de ruta para la Iglesia actual, como él mismo señala: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría...” (1).

El mismo Santo Padre en carta a mi predecesor, nuestro querido D. Jesús García Burillo, con motivo de la inauguración del Año Jubilar del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús, le insistía en el pensamiento de la Santa de que la alegría -«andar alegres sirviendo» (Camino 18,5)- es inseparable de la santidad:  “La verdadera santidad es alegría, porque «un santo triste es un triste santo»... En santa Teresa contemplamos al Dios que, siendo «soberana Majestad, eterna Sabiduría» (Poesía 2), se revela cercano y compañero, que tiene sus delicias en conversar con los hombres: Dios se alegra con nosotros. Y, de sentir su amor, le nacía a la Santa una alegría contagiosa que no podía disimular y que transmitía a su alrededor. Esta alegría es un camino que hay que andar toda la vida. No es instantánea, superficial, bullanguera. Hay que procurarla ya «a los principios» (Vida 13,1). Expresa el gozo interior del alma, es humilde y «modesta» (cf. Fundaciones 12,1). No se alcanza por el atajo fácil que evita la renuncia, el sufrimiento o la cruz, sino que se encuentra padeciendo trabajos y dolores (cf. Vida 6,2; 30,8), mirando al Crucificado y buscando al Resucitado (cf. Camino 26,4). De ahí que la alegría de santa Teresa no sea egoísta ni autorreferencial. Como la del cielo, consiste en «alegrarse que se alegren todos» (Camino 30,5), poniéndose al servicio de los demás con amor desinteresado” (Mensaje al Obispo de Ávila. 15-X-2014).

Qué bien nos viene a todos recordar de manos del Papa esta impronta teresiana de la alegría y qué bien lo supo entender aquella pequeña que, ante sorpresa de sus padres, le pedía a Dios: “¡Señor, que los malos sean buenos y que los buenos sean alegres!”. Toda una oración para el Carnaval y, sobre todo, para la Cuaresma que estamos a punto de empezar.

+ José María Gil Tamayo, Obispo de Ávila